jueves, 7 de diciembre de 2017

Nos diremos adiós todas las mañanas



La había observado mientras se vestía en otras ocasiones, pero aquella vez le resultó especial. Quizá fuera por la luz que entraba por una rendija de la cortina y que inundaba la habitación creando una atmósfera casi sobrenatural. O quizá fuera por el olor a su perfume y la tibieza que esta vez desprendían las sábanas en las que acababan de hacer el amor aquella mañana. El caso es que la observó detenidamente mientras ella, consciente de que lo hacía, alargaba el ritual más de lo normal, como si fuera una especie de homenaje a lo que acababa de ocurrir entre ellos. Se enfundó las medias lentamente y abrochó su blusa con una cadencia que a él le resultó casi rítmica. Desde la parte  inferior fue subiendo poco a poco y dejó descuidadamente abiertos los tres últimos botones. Se atusó la melena y se enfundó los pantalones, ajustándolos despacio a sus piernas largas. Justo en ese momento le miró directamente a los ojos y él supo que había estado siempre enamorado de esa mirada, de esos ojos y de la forma en que pronunciaba su nombre mientras hacían el amor. Ella sabía, porque así lo habían hablado en infinidad de ocasiones, que le excitaba verla vestirse aún más que verla desnudarse. “Esta vez quédate, por favor”, la susurró y su voz sonó como una súplica. Ella se acercó suavemente, felina, segura de sí misma y sin dejar de mirarle directamente a los ojos puso un beso en sus labios por toda respuesta. Después volvió a salir como lo hacía siempre: sola, vestida y sin hacer ruido. 

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