lunes, 27 de noviembre de 2017

B1

Nunca fue su intención que el último mensaje que la envió sonara como una amenaza. En realidad no lo era. El plazo que él la había dado para la contestación no era más que un intento de fijar para los dos un marco temporal para la esperanza. Un tiempo necesario de retorno más allá del cual no existe la posibilidad de mantener una mínima esperanza. Como cuando en un avión se consume un límite concreto de combustible y el regreso al punto de partida sencillamente no es posible. “Un marco temporal para la esperanza” repitió en voz baja. Pero aquel día no utilizó esa expresión. A menudo las frases más precisas o los argumentos más certeros se le ocurrían varias horas o incluso varios días después de las conversaciones o de las discusiones que mantenían. Hubiera sido muy gráfico y muy preciso, pensó. Quizá ella hubiera entendido mejor sus planteamientos. Se habría dado cuenta de que no era más que un salvavidas que alguien les lanzaba a ambos. Pero no utilizó esa frase y ahora ya era demasiado tarde y ella no pudo evitar notar en el SMS un aire de amenaza.  Y claro, reaccionó mal. Una amenaza es siempre la anticipación de una agresión o la promesa de una agresión. Nunca reaccionamos bien a una agresión. Ella tampoco lo hizo.

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