sábado, 21 de noviembre de 2015

Poema 2.111

Supimos dudar
y también escuchar música los domingos. 
Supimos viajar 
sin la necesidad de detener nuestro paso 
y sin la molestia de tener que parar para consultar los mapas 
o construir las brújulas.
Las ventajas de haber transitado hace muchos años 
por el mismo valle o por el mismo río
es que supimos reconocer nuestros ojos 
y el aliento de los susurros 
sin necesidad de airear tus razones ni mis putas excusas.
A pesar de ello
siempre pudimos sostenernos la mirada y pisar los charcos. 
Y así es como empezó todo. 
Así fue como empecé a desnudarte,
a quitarte las ropas y los puñales
y a comprender que debajo de los años que pasé sin verte 
siempre estuvo  tu piel. 
"Una piel que espera" me dijiste.
Y yo te contesté que toda mi vida la ocupé en a aprender a sonreírte 
y que cuando por fin te tuve frente a mí 
supe al instante que en realidad tan sólo hay una herida
y que esa herida es la que la he llevado oculta en mi interior
durante todo este tiempo.
A veces parecía que soñábamos
y otras veces parecía que vivíamos. 
Todo lo demás fue un silencio  de margaritas 
al que nunca  llegamos a acostumbramos del todo. 
Tu cuerpo entre las sábanas limpias
se parecía entonces a una ciudad que se estremece, 
Una ciudad que te acostumbra y que te necesita,
una ciudad inusualmente desierta. 
Tu cuerpo entre las sábanas limpias fue siempre
un secreto incalculable,
una isla rodeada de silencio en la que habito.
Y ahora sé  algo que sabía desde siempre:
a pesar de todas las veces que agitaste los brazos
en señal de paz,
a pesar de todas las veces que grité tu nombre
en el campo de batalla, 
y a pesar de que no soy indispensable 
y de que nunca lo fui, 
ahora sé, digo,
que tu cuerpo siempre fue para mí el mejor destino 
y también el único destinatario. 

Juan J. GINÉS

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