jueves, 12 de junio de 2014

Luz infinita, incandescente silencio.







Nunca, digo, nunca hubo mejor traductor de tu cuerpo que

mis manos.


Ningún invento es mejor que la noche.
Ni que las puertas que se quedan abiertas.
La alegría al entrar en la habitación
es encontrarte encendida:
pequeña lámpara sencilla y callada,
eco final donde mueren las voces y
se remansan las dudas para convertirse
en nuestro vacío.

Luz infinita, incandescente silencio;

apareces por cualquier rincón
sin que nadie te nombre nunca,
estás porque no te has ido;
aun es pronto la noche
aun se hace tarde para el olvido.

La almohada se divide o nos acostumbra,
desde siempre.

Aunque es oscura la noche 
se alimenta de ti
y te instruye a cambio de ternura.

Estas cosas nos pasan desde siempre.
Ya lo sabes.
Entre mis palabras y la luna está tu piel
y tu voz: niña asustada que se despierta
en mitad de la noche.

A pesar de todo, duermo.

Duermes.

Ahí está nuestra distancia.




@juanjogines

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