martes, 18 de septiembre de 2012

El hombre que conoció a Azaña


Martes 18 de septiembre de 2012  (El hombre que conoció a Azaña)



Amanece y nuestra cama parece un campo de batalla en el que no hay ni vencedores ni vencidos.


Llego pronto al trabajo y lo primero que hago es encender el ordenador. La música con la que Windows te da su particular buenos días me parece desagradable. Preferiría el silencio. Las luces están apagadas y como siempre soy el primero en llegar. Leo rápidamente las noticias y conecto el correo. Durante la noche llegan correos. Siempre son los peores. Hay personas que son malas por naturaleza; en cambio otras lo son por costumbre o por tradición familiar. Gracias a este tipo de personas el día puede ser peor de lo que te imaginas. El día es vértigo y empiezo a ser consciente de que ya estamos en Navidad. El invierno se agazapa en cada carpeta, en cada llamada, en cada deseo. La nostalgia no da tregua y se impone la necesidad. ¡Qué será de nosotros mañana, hoy mismo!
Charlo con Patxi Beascoa de barcos, lubinas pescadas en verano y de literatura, mucha literatura. Y como no, de la industria. De los libros y de la que se nos viene encima.
Uno de las primeras normas que me impuse cuando empecé a escribir este diario fue que nunca hablaría viendo la prensa, los telediarios o la radio sino de las cosas que me sucedieran a mi, de mis pensamientos y reflexiones. Pero hoy, apenas con cinco entradas a mi diario me dispongo a no cumplir mi primera norma y a dar mi recuerdo a ese hombre que hoy ha muerto. El hombre que conoció a Azaña.

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