lunes, 16 de enero de 2012

Recorreré los suburbios de tu ciudad


sólo por volver a verte. Y descubriré que continúas bordando en las esquinas del aire con tu aroma de silencio. Las casas de los hombres tristes estarán siempre oscuras, llenas de sombras que arrinconan a los perros que duermen solos.


La soledad es una alcoba innecesaria que marca el camino de los destinos más impropios, ruina de alborotados cabellos. El silencio con el que regresaré misterioso a los suburbios de tu ciudad será una papelera en donde amontonar los restos de lo que escribo, lo que no vale, lo que desecho, lo que se queda entre los dedos. Todo.


El silencio es una forma de comunicación. Ausencia de sonido como contrapeso, como una materia final. Silencio. Las imágenes de los espacios que nunca veo marcarán el camino de una huida innecesaria.


Recorreré los suburbios de tu ciudad sólo por volver a verte, y recordaré como eras en las inmaculadas tardes de otoño cuando las hojas de los árboles se arrojaban a tu paso para tapizar el suelo por el que levitaban tus tacones de bailarina indómita.


Los espías agitaban entonces sus ramas desalojando a los pájaros que volaban muertos con la inquietud de quien no puede detenerse a pensar, como un río, como un incendio que se descontrola ante la mirada de los  ojos incrédulos.


Serás entonces un soplo, un aire fresco que recorrerá en un instante todo en lo que acerté.


Conozco espacios que llevaron durante algún tiempo caminos paralelos, como los túneles de cristal de Sábato. 

Compartían destino pero se desarrollaron mundos tan distintos entre sí que apenas alcanzaron a mirarse débilmente alguna vez. 

Hoy, por fin, confluyen justamente en lo que no son, en lo que les convierte en errores conceptuales. 

Hoy esos dos espacios paralelos reciben un silencio suburbial y frío en su punto de confluencia. Porque cuando una luz se vuelve ajena el mundo, nuestro mundo, se hace un poco más oscuro. Silencio, apaguen la luz, necesito dormir un poco.






Juan J. Ginés

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