lunes, 25 de abril de 2011

Ella se pintará los ojos 2ª ed.






He recibido una llamada telefónica inesperada. Una voz me dice que alguien cercano a mí ha muerto. No sabe precisar más. Sólo estoy autorizada a decir lo que le digo. Alguien cercano a usted ha muerto. Quizá un amigo o un pariente o un hijo. Tiene que ser cercano a usted. De lo contrario yo no haría esta llamada. Se lo notificaron por medio de una carta hace algún tiempo. Como no se han recibido noticias suyas. Esta llamada es un procedimiento habitual. Entra dentro de los protocolos. Pero señorita, yo no he recibido ninguna carta. Nadie me ha notificado nada. ¿Cuándo ha sido la muerte? ¿Quién ha muerto? ¿Cuándo enviaron la carta? La llamada es un procedimiento habitual. Muchas cartas se extravían o se envían a personas equivocadas. Por eso hacemos la llamada. Todos los detalles están en la carta, nunca en la llamada. ¿No ha visto alguna similar? Allí se indican todos los detalles. Nombre de la persona. Motivo de la muerte. Lugar. Hora. Etecé, etecé. Pero como no hemos recibido noticias suyas. La llamada es un procedimiento habitual. ¿Y qué puedo hacer? No estoy autorizada a dar ese tipo de respuestas. Pero si yo fuera usted buscaría la carta. Muchas personas encuentran la carta después de la llamada. Quizá esté con otras cartas. Ya sabe. Cartas del banco. Propaganda electoral. Recibos de pagos. Notificaciones ministeriales. Multas de tráfico. Impuestos municipales. Folletos comerciales. A mi me pasa, Hay que fijarse en el correo. Mucha gente lo coge del buzón y no le presta ninguna atención. Algunos incluso lo tiran directamente. Y luego tengo que hacer innumerables llamadas como esta. Estoy acostumbrada. Pero es un trabajo agotador. No podemos descansar ni para tomar café. Nos vigilan y si queremos ir al baño el supervisor tiene que reemplazarnos. Es un trabajo muy esclavo. Pero señorita, a mi qué me importan sus problemas. Yo no he tirado ninguna carta. No he recibido ninguna carta. Por dios. Dígame quién ha muerto. No estoy autorizada. En realidad ni siquiera lo se. Esta conversación está durando demasiado tiempo y el supervisor empieza a inquietarse. Noto que me está mirando. Tengo pendientes muchas llamadas más. Esta llamada es un procedimiento habitual. Simplemente necesito que usted me diga que entiende el contenido de la llamada. Grabaremos su voz y asunto terminado. Claro que lo entiendo pero le insisto que no he recibido ninguna carta. Muchas gracias. Su contestación ha sido grabada con éxito. No dude en consultar con nosotros cualquier duda. 

Rebusco entre los papeles. Quizá la señorita tenga razón. Quizá la extravié. O quizá no le concedí importancia. Quizá pensé que era propaganda. Quizá fue el lunes. Llegué muy cansado del trabajo. Extenuado. Mi trabajo es agotador. Paso nueve horas al día contando facturas. No todas. Solamente las que han sido rechazadas. Sumo los importes, sumo las facturas. Una a una. Siempre igual. Pero no recuerdo haber abierto el buzón. Quizá arrojaron la carta por debajo de la puerta. Lo he visto hacer en películas. Pero me habría dado cuenta. Mi padre. Seguro que es mi padre el que ha muerto. Esta enfermo y vive solo. No hay duda es mi padre el que ha muerto. No tiene a nadie más que a mí. Hace días que no hablamos. Desde la última primavera no he ido a verle. Alguna vez le llamo. Debería ir a verle más a menudo. Pero he estado muy ocupado últimamente. Quizá no hayan podido enterrarle. Por eso la llamada. Estaba enfermo. El corazón. Seguro que le ha fallado el corazón. Sigo buscando la carta. No aparece. Quizá la haya recogido el portero. Cómo no he caído antes. Quizá fuera una de esas cartas certificadas. Esas que necesitan de una firma. Quizá el cartero vino en mi ausencia. O no se atrevió a subir. Pero por qué no me la ha dado aún. Quizá mi padre espere en una morgue por culpa del portero. No se lo voy a perdonar.

He llamado a mi padre. Está vivo. Me he tranquilizado al oír su voz. Gracias a dios mi padre sigue vivo. Enfermo. Muy enfermo. Y solo. Absolutamente solo. Pero vivo. Mi padre sigue vivo. Me he tranquilizado. Pero es momentáneo. La tranquilidad se ha tornado inquietud. Ya me había hecho a la idea de que era mi padre quien había muerto. Quizá lo había asumido con mucha rapidez. Quizá con algo de irresponsabilidad. Las cosas están sucediendo demasiado rápido desde que he recibido la llamada. Pero mi padre no ha muerto. Eso quiere decir que aún no se quien ha muerto. La telefonista habló de amigos, de parientes, de hijos. Dios mío. No les puedo llamar uno a uno solamente para descartar. Decido bajar la escalera. No es buena hora para bajar. Las prostitutas se agolpan en las puertas ofreciendo sus servicios. Algunas te agarran de la americana. No estoy de humor. He recibido la llamada y no encuentro la carta. Vivo en la última planta de un inmenso prostíbulo. Vivo en la última planta de un edificio que huele a sexo y a hambre. Busco al portero. Nunca está en su sitio. Grito su nombre en la portería. Si pudiera tranquilizarme me echaría a llorar. Me acurrucaría en un rincón a llorar. Pero no puedo. Tengo que encontrar la carta. Quizá sea una de esas cartas certificadas. El portero está en el bar. Seguro que está en el bar. Se pasa la vida en el bar. Seguro que se acuerda. No suelen llegar muchas cartas de esas certificadas. Esas que hay que firmar para que el cartero se vaya. Espero que estuviera en la portería cuando llegó el cartero. Espero que no estuviera en el bar. Los carteros no suelen tener mucha paciencia. Si no pueden dejar la carta se van y punto. Tienen que enviar otras muchas cartas. Cartas del banco. Propaganda electoral. Recibos de pagos. Notificaciones ministeriales. Multas de tráfico. Impuestos municipales. Folletos comerciales. Están todo el día corriendo. Bajo la lluvia corren. Bajo el sol corren. Bajo el frío corren. Corren y corren. Y se equivocan. Es normal. Es normal que se equivoquen. Tienen que llevar muchas cartas antes de que se produzca la llamada. Los veo correr desde la oficina en la que trabajo. Mi trabajo es extenuante. Pero el suyo lo es más. Estoy seguro de que si el cartero que trae las cartas de nuestro barrio no encuentra al portero se marchará y se llevará la carta. Espero que no sea eso lo que ha pasado. Espero que la carta este entre las cartas que el portero tiene pendientes de entregar. 

Llega el portero. Se pasa la vida en el bar. Me estaba tomando un café. Necesito tomar un café de vez en cuando para soportar este trabajo. ¿Qué se cree? Ser portero de un prostíbulo no es agradable. Un prostíbulo gigante. El edificio tiene siete plantas. Cuatro puertas en cada planta. Más de cinco prostitutas en cada puerta. Esto es imposible de manejar. Aquí llega todo tipo de personas. Ninguna buena. Me gustaría tener otro trabajo. Pero tengo que dar de comer a mis hijos. Tres. Tengo tres. ¿Nunca le he enseñado las fotos? No quiero ver las fotos. Quiero saber dónde está mi carta. ¿Qué carta? ¿Cómo voy a saberlo? Una carta. Mi carta. Una carta que debería haber llegado a mi nombre. Es muy importante por favor. Es muy importante que trate de recordar. Es una carta que precede a una llamada. Una carta en la que me notifican que alguien cercano a mí ha muerto. Necesito esa carta. Necesito saber quién ha muerto. Recuerdo la carta. Si. Era una carta normal. Estuvo por aquí algún tiempo pero no coincidí con usted. No se la pude dar. Pero ¿cómo va a coincidir conmigo? Si se pasa el día en el bar. Mi trabajo es muy duro. A veces salgo a tomar un café. Otras necesito algo más fuerte. Busque mi carta. Estuvo por aquí. Pero ya no la tengo. No pensé que fuera tan importante. Si hubiera sabido que era importante se la habría subido yo mismo. Cristal. Creo que se la di a Cristal. Si hombre una de esas putitas. Se la di a ella con el encargo de que se la entregara sin falta. La del quinto creo. Pero podría ser del sexto. ¿Qué se yo? Mire, son todas iguales. ¿No se la entregó? Ya no soy capaz de distinguirlas. Suben y bajan. No duran mucho. La mayoría dura poco tiempo aquí. Tienen mucho trabajo ¿sabe? La mayoría hace jornadas laborales de más de 18 horas. Ganan poco pero también duran poco. Algunas regresan a sus casas. Otras contraen enfermedades. Cristal. Se llama Cristal. O tal vez Estefanía. No lo se. Cuando le di la carta subía con un tipo importante. De esos de traje. Lo recuerdo bien. Se la di a ella con el encargo de que se la entregara sin falta. No puede ser. No me puedo creer que mi carta esté en la habitación de una puta. Alguien cercano a mí ha muerto y la notificación está en una mugrienta habitación. Rodeada de cucarachas y de putas. Quiero matar al portero y al cartero y a las putas y a los clientes. Subo corriendo las escaleras gritando el nombre de Cristal. Todas se llaman Cristal. Todas se llaman como yo quiera que se llamen. Resbalo. Me golpeo la cabeza y empiezo a llorar. Consigo llegar a mi piso. Cierro con cerrojo por dentro. Sigo llorando. Odio mi vida, mi trabajo. Odio la vida que llevo. Odio el lugar donde vivo. Solo quiero dormir. 

Quizá ella vuelva a llamar. Quizá se apiade de mí. No estaba autorizada pero me dio un consejo. Eso quiere decir algo. Quizá cuando termine su trabajo me llamará. Estoy seguro. Le atormenta su supervisor. Por eso no pudo decirme nada. Pero cuando termine su jornada laboral me llamará. Me dará más datos. Quizá esté tan sola como yo. Quizá desee conocerme. Cuando termine su jornada laboral me llamará. Estoy seguro. Me dirá quién ha muerto. Lloraremos juntos. Se apiadara de mí, de mi dolor y de la vida que llevo. Quizá algún día quedemos en cualquier parque. Pasearemos. Cuando todo esto termine. Estoy seguro. Yo me pondré mi mejor traje y ella se pintará los ojos. 





Juan J. Ginés


2 comentarios:

  1. me sigue pareciendo angustioso, pero me sigue gustando con sus cambios

    Besos

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  2. Hay mucha tristeza, mucha soledad y mucho desasosiego en esta bien descrita narración.
    Saludos.

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