viernes, 24 de septiembre de 2010

Nelson Santos Alegría





Nelson Santos Alegría cree que Gabito le visita todas las noches y que juntos juegan una partida de ajedrez. Ignoro si siempre es la misma o si inician una nueva cada noche. Nelson Santos Alegría, el viejo Santos, no sabe desde cuando Gabito le visita, pero cree recordar que lo hace desde la noche en que aparecieron las primeras mariposas en el porche de su casa.
Era verano y ese día hizo tanto calor en el pueblo que hacia el mediodía los pájaros comenzaron a explotar al no poder soportar, sus menudos cuerpos, tanta angustia. No explotaron todos a la vez sino que lo hicieron por turnos, ordenadamente lo que aumentó el desasosiego de todos. Los niños corrían asustados con los cadáveres en las manos. Cada niño llevó docenas de pájaros que colocaron en el portalón de la Iglesia que hizo las veces de improvisada morgue. Nada se pudo hacer. Las autoridades estimaron  la muerte en un solo día del noventa por ciento de las aves que normalmente anidaban en el pueblo y en las áreas cercanas. El resto de las aves huyeron despavoridas a zonas más favorables por miedo a correr la misma suerte. Jamás regresaron. Solamente sobrevivieron en el pueblo algunas aves de corral, dos cigüeñas ateas que vivían en el poste alto desde siempre y un loro, propiedad de un vecino de las afueras, que quedó tan afectado que no volvió a hablar nunca más.
Se declararon entonces cinco días de luto en el pueblo, tres más que cuando murió en accidente doméstico José Augusto Aguilar, periodista y escritor, única persona de cierto renombre que allí nació nunca y poseedor de una calle, un parque y un centro cívico. Además, por si esto no fuera suficiente para honrar su memoria, hay una casa señorial en el centro que hoy está en ruinas y donde una placa herrumbrosa y triste recuerda con orgullo anacrónico: “Aquí nació José Augusto Aguilar, periodista y escritor”. Y dice bien, porque en esa casa nació una mañana de Abril, en una cama alta y silenciosa con unas sábanas limpias, afiladas como puñales y recién traídas de Holanda. Nació en la casa, como se nacía en la época,  asistido por dos vecinas que hicieron de matronas y un médico que usaba bombín, traje negro, botines lustrosos y patillas de bandolero. Era un médico rural, que había estudiado en la capital y que tan pronto sacaba una muela, como curaba una sarna, escayolaba una pierna o traía niños al mundo. Pero José Augusto Aguilar, periodista y escritor, nacido en 1898, marchó del pueblo con sus padres a la edad de tres años, cuando aún no sabía leer y mucho menos escribir y jamás regresó. Nunca citó al pueblo en ninguno de sus artículos, en ninguna de sus novelas, ni se inspiró en sus habitantes para ninguna de sus obras teatrales. Aún así el consistorio Municipal consideró de justicia premiarle con una calle, un parque, un centro cívico, dos días de luto oficial y una placa de texto anacrónico que hoy día luce herrumbrosa y triste. Alguna voz hubo en contra de tanto reconocimiento. Pero pocos se atrevieron a admitir públicamente que el periodista y escritor había dicho en más de una ocasión que dudaba de que fuera cierto que alguien como él hubiera nacido en un pueblo tan triste.
Hacia la medianoche del día en que los pájaros explotaron, el calor empezó a remitir y fue entonces cuando aparecieron las primeras mariposas en el porche de Nelson Santos Alegría. El viejo estaba preparando el tablero para jugar solo, como siempre hacía desde que muriera su compadre Aristóteles Grassa.
Esa noche un destello luminoso que llegaba desde el porche, entraba por la ventana abierta, cruzaba el salón, rebotaba en el espejo de la entrada y se fragmentaba en miles de estrellitas luminosas, parecía anunciar algo.
El viejo Santos arrastra los pies al andar desde que una apoplejía le causara daños en parte derecha de su cuerpo. Lentamente aborda el destello en sentido inverso. Dice que al abrir la puerta miles de mariposas revolotean angustiadas en su porche como pugnando por salir de una burbuja invisible. Dice también que el espectáculo es sobrecogedor y que desde aquel día se repite todas las noches a la misma hora. Cuando se van, cuando logran escapar de la burbuja y se liberan de sus miedos, el destello desaparece, la casa se queda de nuevo en penumbra y aparece Gabito listo para jugar una partida de ajedrez. Ignoro si siempre es la misma o si inician una nueva cada noche.
- Cuéntame Gabito, ¿Cómo va la guerra?
- Estancada viejo, estancada.
Ninguno de los dos juega excesivamente bien al ajedrez. Ninguno de los dos sabe de qué guerra hablan durante horas. Manejan las piezas con cuidado, a veces con temor. Siempre con torpeza. El viejo Santos adora el ajedrez desde siempre, desde los tiempos en que jugaba con su amigo Aristóteles Grassa  al que nunca consiguió ganar. Jugó más de un millar de partidas con él a lo largo de más de veinte años de amistad y las perdió todas. Por eso cuando, horas antes de que su esposa falleciera, Nelson Santos Alegría  entra en la habitación, toma su mano de anciana, le declara su amor eterno y le miente diciendo que acababa de ganar una partida de ajedrez a su amigo Grassa, ella le mira con ternura y con un hilo de voz dice:
- Me estoy muriendo, pero aún así se reconocer tus mentiras de viejo.
Milagros Ceniciento  murió en  su cama, como se moría en la época, en la cama de uno, como dios manda, con el crucifijo colgado en la pared, la luz tenue, las sábanas limpias, una cruz de agua en la frente y el rosario en la mano.
No son valiosas las piezas que posee el viejo Santos, no son de ébano ni nada por el estilo. Son piezas sencillas talladas en madera vulgar  por artesanos no excesivamente pulcros y el tablero está tan viejo como él. Como su mundo, como el mundo en el que vive, como en la casa en la que se refugia o la cama en la que dormita. Pero aún sirve. Aún sirve para jugar. Aún sirve para echar una partida diaria con Gabito. Aún sirve para mantener una conversación. Quizá la única conversación que Nelson Santos Alegría está dispuesto a mantener. Quizá la única conversación que mantiene desde hace tiempo, desde que todos le abandonaron. Una conversación de silencios y palabras, de abnegación y de egoísmo, de peones y alfiles, de torres y caballos. Una conversación de reyes pero también de reinas. Una conversación  diaria con Gabito.
Nelson Santos Alegría cree que Gabito le visita todas las noches y que juntos juegan una partida de ajedrez. Ignoro si siempre es la misma o si inician una nueva cada noche.
        Esta noche es especial porque es la última. Gabito lo sabe y por eso ha venido antes de la hora. Por primera vez no ha sido anunciado por ningún ejército de mariposas. El viejo Nelson Santos Alegría está cada vez más enfermo a pesar de que  él no reconoce la enfermedad.
- ¿Cómo va esa enfermedad, viejo?
- Estancada, como tu guerra, Gabito.
Pero su enfermedad no está estancada. Su enfermedad avanza lentamente, con paso seguro. Las horas se acaban y el sueño gravita.
- No volveré más, viejo. Dicen que tu guerra ha terminado. Por eso hoy no han venido las mariposas. ¿No te das cuenta? Yo no debería estar aquí, ni tú tampoco.
La casa se ha quedado ahora vacía de sonidos. El mundo se ha hecho un poco más pequeño y la noche se ha puesto íntima. Nelson Santos Alegría ya no juega al ajedrez. Las mariposas han olvidado su nombre y el lugar donde una vez hubo un porche y un anciano que creía que Gabito le visitaba todas las noches y que juntos jugaban una partida de ajedrez.


 Juan J. Ginés

1 comentario:

  1. Precioso relato, conmovedor y lleno de bonitas imágenes, me gusta, me gusta mucho

    Un beso

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