martes, 3 de agosto de 2010

La casa vacía

     Lo último que decidimos vender fue el televisor. Para entonces ya lo habíamos vendido todo y ese era el último objeto que nos quedaba en la casa, una casa que parecía ya un fantasma, un lugar tan aparentemente inhóspito como desolador. Una casa desvencijada inútil, insensible y sin color. Una casa vacía.
    
     Vender el televisor supuso el punto y final de nuestra historia. El lugar más bajo de la caída. Esa lenta caída en que se había convertido nuestra vida común en los últimos meses. Ya estamos aquí. ¿Y ahora qué? Cuando ya no se puede caer más entonces es inevitable remontar. 
   
     Nuestra vida entró en este ritmo vertiginoso a partir de que Patricia y yo perdiéramos nuestro empleo. Desde entonces no pudimos hacer otra cosa más que huir, escapar de un naufragio, de nuestro propio naufragio. Saltar de tabla en tabla, viendo como se hundían los maderos bajo nuestros pies. “Corre, salta, tenemos que huir, seguir, no detenernos, allí hay otro tablón, salta”. Huir sin saber a dónde nos dirigíamos, eso era lo de menos. Sobrevivir. Eso fue exactamente lo que hicimos.
     Una mañana, cuando regresaba de buscar empleo, Patricia me recordó que ya no nos quedaba dinero en el banco más que para hacer frente a los gastos corrientes de ese mes y que en breve estaríamos en número rojos. Sus ojos reflejaban angustia por primera vez desde que perdimos nuestro empleo. Jamás la había visto así. Jamás había visto aquellos ojos.
    
     Recuerdo que cuando conocí a Patricia lo primero que me impresionó de ella fueron sus ojos. Un azul tan intenso que podías reflejarte en ellos. En ese momento pensé que podría pasarme la vida simplemente mirándola. Supe, al instante, que era allí donde quería vivir el resto de mi vida. Vivir en sus ojos, como otros viven en un país, en una región, en una ciudad o en una casa con jardín. Recuerdo que eso fue lo que le dije cuando empezamos a salir juntos. Eso. Exactamente eso. Que quería vivir en sus ojos. Ella me miró y me besó. Un beso tan intenso como sus ojos. No acerté más que a preguntarle que si eso era un sí. Patricia me miro profundamente y vaciló antes de contestar. Unos segundos interminables o que a mí me parecieron interminables. Unos segundos que gestionó a la perfección, como siempre. “Eso, mi querido J.J, es un beso”. La ambigüedad de su respuesta hizo que no pudiera evitar estar toda la tarde intranquilo. ¿Qué habrá querido decir? ¿Qué debo hacer ahora? Seguro que espera que la bese yo. O quizá no. ¿Por que diablos tuve que preguntarle eso? He parecido un idiota, o lo que es peor un cursi. Hacia el final de la velada yo ya estaba seguro de que no querría volver a verme y que aquella cita había sido el fracaso más grande de mi vida. Tan alicaído debió notarme que en el momento de la despedida, que cuando ya estaba montada en el autobús de regreso y nos despedíamos con la mano me soltó como una sentencia:

       - Mi querido JJ, nunca digo no con un beso.
    
     En los momentos de duda, en los días en que las cosas empezaron a torcerse, el recuerdo de sus ojos, de su mirada, y de aquel beso siempre fue para mí como un balón de oxigeno. “No pasa nada” “Saldremos de esto”. Y salíamos, siempre salíamos. Si no hubiera sido por Patricia jamás hubiera superado algo como lo que nos pasó en el verano de 1995 y que a punto estuvo de acabar con nosotros. “¿Qué significa quedarnos sin empleo?, ya encontraremos otro. Si quieres que te diga la verdad, me alegro. Me alegro enormemente sobre todo por ti. Encontraremos algo mejor. Si sobrevivimos a aquello, esto no me va a afectar lo mas mínimo. Ni consentiré que a ti te afecte.”
     
     Pero acabó afectando. Y ahora estaba frente a mí. Angustiada. Inmóvil en su fragilidad. Sin saber qué hacer o que decir. Su cuerpo tenso, su cuello ladeado, ese cuello largo blanco e infinito. Ahora estaba frente a mí, mirándome con unos ojos que yo desconocía, unos ojos que no podía reconocer. Buscaba en mí una solución. Ella que siempre había sido el motor de nuestra pareja, el sexo fuerte de nuestra unión. La que siempre tomaba las decisiones importantes, las iniciativas más arriesgadas o afrontaba los sies más osados. La más capacitada para todo. Fue ella la que fijó el día de nuestra boda, el lugar del banquete e incluso el menú más adecuado. Fue ella la que me apoyó en mi empleo cuando ni siquiera yo creía en mi mismo. La que decidió el lugar donde viviríamos el color de las cortinas y el nombre de nuestro hijo. Siempre dispuesta, siempre alerta. La que decidió bajar al infierno para rescatarme aquel verano de 1995 cuando el mundo se nos acabó y creímos morir. “Mil veces bajaría por ti.”
    
     Pero era ella la que ahora necesitaba una salida. Era ahora ella la que exigía de mi una respuesta, una solución. Una esperanza. Y saber a Patricia vulnerable por primera vez, me produjo una ansiedad hasta ahora desconocida. Y fue entonces cuando no se me ocurrió otra cosa que decir más que podríamos vender el jarrón chino de la entrada.
     
     Y eso hicimos. Vendimos el jarrón sin ningún problema. Conseguimos un dinero que nos permitió tener una ilusión, una ilusión de ingresos con los que afrontar los gastos más inminentes. Sus ojos recuperaron el brillo azul de siempre y esa noche hicimos el amor.
    
     Hacia el amanecer soñé con una casa vacía con las paredes blancas, impecables y radiantes y con una pareja de recién casados vestidos también de blanco que se parecían a nosotros. Miraban la casa vacía con ilusión, como si sus vidas estuvieran a punto de comenzar y aún no hubieran dado el pistoletazo de salida. Preparados. Listos. Ya. Pablo estaba sonriente y feliz de la mano de su madre, con su camisa de cuadros rosa, sus rizos rubios y su vida intacta. Era la misma camisa con la que salió a jugar la mañana del 10 de Julio de 1995.
    
     Decidí no contarle es sueño a Patricia. En cambio, mientras desayunábamos en la cocina le dije que venderíamos más cosas, que no necesitábamos todo aquello, que habíamos ido acumulando cosas que no necesitábamos y que no necesitaríamos jamás. La mayor parte de nuestra casa estaba llena de objetos inútiles, cosas prescindibles que podían ayudarnos a continuar pagando las facturas. Cosas que habíamos comprado en viajes, o simplemente caprichos inútiles. La mayoría de las personas, acude a trabajos que aborrecen para comprar cosas que no necesitan. Y así transcurre su vida. O mejor dicho necesitan objetos inútiles para confirmar que su vida no lo es. Patricia me miro como sólo sabe ella hacerlo en el mundo y me besó. “Come y calla. Ahora estamos desayunando.” Y recordé que ella nunca dice no con un beso. Yo también la bese.
    
     En las semanas que siguieron vendimos alfombras, cuadros, artesanía, lámparas, pequeñas esculturas, viejos juguetes de Pablo, mi colección de relojes antiguos, una hornacina de cristal veneciano y algunas joyas de Patricia, la mayoría heredadas de su madre, que conservaba más por lástima que por sentimentalismo y que jamás lució no por respeto sino por asco.
    
     La madre de Patricia había sido una mujer difícil que acabó su vida sola y arruinada y que había dedicado los últimos meses de su vida a fotografiarse con las joyas que le habían regalado sus múltiples amantes. Patricia y ella no se hablaban desde hacia muchos años. Una mañana la encontraron muerta en su piso alquilado del barrio de Salamanca, tumbada en la cama con un vestido de organdí suizo blanco y con una perla colgada en su cuello de anciana. Había sustituido todos los cuadros por fotografías suyas, cada una con una joya distinta. “Parecía como si fuera a hacer la primera comunión la muy perra. Me alegro de haber vendido todo esto.”
    
     Mientras tanto seguíamos buscando trabajo. Nunca pensamos que vender nuestras cosas fuera una solución. Siempre mantuvimos la convicción de que tarde o temprano encontraríamos un trabajo mejor. O al menos un trabajo provisional. Por aquella época renunciamos por supuesto a comprar cosas superficiales. El dinero que sacamos de la venta de las joyas fue empleado para cosas de primera necesidad. Comida, productos de higiene y cosas así. Poco más. Quizá ese fue el mejor momento de nuestra desgracia. El momento más estable en la caída. Un pequeño respiro. Un llano donde tomar aliento. El tablón más resistente, el que tardó en hundirse más tiempo. Pero se hundió. El dinero volvió a terminarse. Fue entonces cuando decidimos vender los muebles. Mesas, sillas, aparadores, sofás, mesas auxiliares e incluso nuestra cama de matrimonio. Todo fue saliendo poco a poco de nuestra casa. Lejos de lo que pueda parecer, no sufríamos con ello. No sufríamos al ver como desaparecían de nuestra vista aquella cantidad de recuerdos. Nos sentíamos vivos, con fuerza para seguir. “Lo importante somos nosotros, no nuestras extensiones”.
    
     Una mañana de del mes de  Julio de 1995, uno de nosotros salió a jugar al parque con sus amigos y no regresó. La vida se puede congelar en un instante. En un solo instante.
    
     “Dicen que se adentró en el bosque. Jugando. Así son los niños. Inquietos. Traviesos. Iba con otros niños. Dicen también que se desorientó, que se quedó solo. Que empezó a llover. Es que menudo tiempo. Se hizo de noche. Dicen que encontraron su camisita rasgada. Debió asustarse mucho. Pobrecito. ¿Y sus padres? Sus padres están destrozados. Era más guapo. Le encontraron en el río. Pobrecito con toda una vida por delante. No se que va a ser de esos padres Creo que resbaló. Cayó por la pendiente del río. Un desgraciado accidente. Pobrecito. La vida que toma sus propios caminos.”
    
      Una tarde, mientras hacíamos la siesta tumbados en un colchón Patricia dijo que deberíamos ordenar la biblioteca. Teníamos unos trescientos volúmenes en un cuarto que utilizábamos como sala de lectura y como despacho múltiple. Uno de esos lugares a los que recurrir en momentos de soledad. La mayor parte de ellos eran de Patricia. Una pequeña parte mía. También había libros que habíamos adquirido juntos en “La cueva de los locos”, nuestra librería favorita donde solíamos pasar horas viendo novedades y descubriendo textos interesantes. Éramos amigos del dueño y solíamos ir muy a menudo. No volvimos a ir desde el día en que decidimos vender el jarrón Chino.
    
     Cuando Patricia me dijo que deberíamos ordenar nuestra biblioteca supe al instante que eso sería lo próximo que venderíamos. Y así fue, pero antes decidimos ordenarla alfabéticamente. Descubrimos que muchos de los libros que teníamos no los habíamos leído, o bien Patricia o bien yo o bien ambos, y decidimos que los leeríamos todos antes de venderlos. A diferencia del resto de cosas, nos dolió desprendernos de los libros. Sobre todo a Patricia. A diferencia de mi, ella tenía estudios universitarios y era muy aficionada a la lectura. “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo” Ella adora a Tolstoi. Recuerdo que me leía pasajes enteros de Anna Karenina.
     
     -¿También vendemos este?
      
     -Este el primero. Ese maldito hijo de puta sabía muy bien lo que decía.
    
     Nuestra desdicha ahora era no tener empleo. No tener dinero con el que sobrevivir. Nuestra desdicha era ruin. Encima era una desdicha ruin.
    
     No recuerdo en que momento preciso me descubrí andando desnudo en una casa completamente vacía con la única compañía de una mujer desnuda, delgada, rubia, con el cuello largo, la sonrisa entornada y los ojos azules. Y un televisor. Ya lo habíamos vendido todo. No quedaba absolutamente nada en nuestra casa. Incluso habíamos vendido toda nuestra ropa. Empezamos por la ropa de invierno. Abrigos, chubasqueros, forros polares. Bufandas, echarpres, gorros de lana, de hilo. Continuamos con los vestidos, las blusas, camisas trajes. Pantalones vaqueros, de vestir, de entre tiempo. En fin todo. Todo. No nos quedamos con nada.
    
     O quizá aún nos quedaba todo. Mire a Patricia caminar por la casa. Creo que estaba abriendo una bolsa de ensaladas preparadas. La deseé como nunca la había deseado. Desee su cuerpo, sus besos, sus caricias. Me acerque a ella despacio y la abracé por la espalda mientras la besaba en su cuello. La giré sobre mí y pude ver que sus ojos azules bañaban de reflejos toda la habitación. Había música en nuestro interior. Comenzamos a bailar. Agarrados. Juntos. Muy juntos. Y fue entonces cuando decidimos vender el televisor.



Juan J. Ginés

3 comentarios:

  1. A veces cuando casi todo parece que está perdido, vuelve todo a la vida con una mirada.

    Interesante relato con un valioso mensaje, un beso Juanjo

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  2. Mis felicitaciones!!!! Hay veces que es necesario ir por el cambio.Se pierden muchas cosas en el camino, pero con el tiempo te das cuenta que es necesario para volver a empezar.
    Besos

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  3. Triste, muy triste, es como desnudarse y quedarse a la intemperie. Lo he disfrutado intensamente, me lo había reservado y, ahora con una copa de vino, conseguiste que mis ojos se empañaran, gracias.

    Un beso JJ.

    Ps. creo que el principio de Anna Karenina es uno de los mejores principios que se han escrito.

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