jueves, 1 de julio de 2010

La víspera un hombre se echa a dormir


La noche siempre es una amenaza para un hombre que camina solo en una ciudad desconocida. La oscuridad de la noche acentúa esa amenaza. También su miopía la acentúa. En el golpe con la acera al caer debió perder sus gafas. Es miope desde niño. Es miope desde siempre. Nuestro hombre sabe que es miope desde que acudió con su madre joven a una consulta. Un oculista se decía entonces. El niño no ve bien. El niño necesita gafas. Él no quiere necesitar gafas. No quiere ser miope. No quiere que su madre lo acompañe. No quiere que el oculista tontee con su madre joven. No quiere ser un niño que no ve bien. No quiere ser un niño que acude con su madre joven a una consulta. Pero no hay solución.
No solo no hay solución sino que su miopía crece y crece hasta hoy. Hasta el día en que pierde sus gafas al chocar contra la acera. Las gafas son necesarias para él y ahora no las tiene. Quizá se rompieron al caer. O quizá alguien se las arrebató por algún motivo que él y nosotros ahora desconocemos. No recuerda nada. No recuerda nada importante. Aunque algo si recuerda. Recuerda por ejemplo, que la acera estaba mojada, que había charcos por todos los lados, que llovía en esta ciudad desde que llegó a ella, que la lluvia es siempre una amenaza silenciosa. Como la noche. Como su propia miopía. Las luces de la ciudad son puntos borrosos en la noche. Los rostros se convierten en ambiguas personas desconocidas que le inquietan con sus movimientos.
No sabe dónde está. No sabe quién es. No sabe qué quieren de él. Gritan. Le rompen la camisa. Algo buscan. Una herida. Quizá buscan una herida, un impacto, una bala, una carne desgarrada, una sangre fresca que quizá dejara un reguero sobre la calle mojada. Pero quizá sólo busque robarle. Es una posibilidad. Arrebatarle la camisa, la cartera, el reloj, los anillos, monedas, fotos, algún documento de identidad, su identidad. Quién sabe. Es una posibilidad. Quién sabe qué es lo que busca un hombre que te rompe la camisa en mitad de la noche en una ciudad desconocida.
Pero poco a poco empieza a recobrar la orientación. El estado de consciencia necesario. Empieza a reconocer sonidos, olores, palabras de aliento que le tranquilizan. Siente también dolor. Un dolor profundo en el costado. No, no le están robando. Pero entonces, ¿por qué le rompieron la camisa, por qué le golpearon, porque le gritaron? Ahora está tumbado en un lugar distinto. Le hablan. Se le antoja un interrogatorio. Le preguntan por su nombre, por sus familiares, por el motivo por el que caminaba por esta ciudad que desconoce. Él no comprende nada, no puede comprender prácticamente nada de lo que le dicen, de lo que le preguntan. Él sólo desea dormir. Entregarse al sueño. Al silencio. Le pesan los párpados. A lo lejos suena una sirena. Una sirena suena en la noche. Siempre con la misma intensidad. Suena y suena una sirena. La lluvia desdibuja los contornos de una ciudad que nunca duerme. Una ciudad que te arremete, que te engaña, que te amenaza con su noche de silencios.
Ahora ya es consciente de dónde está y de qué es lo que ha pasado. El sonido. Las luces. El instrumental de urgencia. La claridad que le deslumbra. Las voces que no cesan. Las personas que se afanan. ¿Por qué se afanan? ¿Por qué se inquietan? ¿Por qué no cesan las voces? Su vida corre peligro. Ha perdido mucha sangre. Su vida corre peligro y ellos lo saben. Algo le impide hablar. Algo que le agarra a la vida. Es una máscara de oxigeno.
Afuera la ciudad de mueve. Corre veloz en la noche. Los árboles no duermen, desfilan. Los edificios circulan a un ritmo endiablado. Las calles aceleran el paso y las curvas ya no inquietan a nadie. A nuestro hombre no. Se nos va, se nos va. La vida se nos va. La vida es un bolero que se nos va. Lentamente. Como un susurro que apenas alcanzamos a pronunciar.
Nuestro hombre viaja a toda velocidad en una ambulancia por las calles de una ciudad que desconoce y en la que nunca deja de llover. Nuestro hombre sabe ya, que viaja en una ambulancia. Cierra los ojos e intenta dar marcha atrás a su vida. Pero apenas alcanza a recordar a una madre joven, una ex mujer amarga, unos hijos que le olvidan desde hace años, unos amigos y todos sus enemigos.
Intenta dar marcha atrás. Recorrer el rastro de sangre en sentido inverso. Reconocer tal vez a su agresor. Mirarle a los ojos. Descubrir sus silencios. El reguero de sangre le dice que caminaba por la acera. Que dobló una esquina. Que se apoyó en una farola. Que cruzó una calle. Qué salió de un supermercado. Que se apoyó en una balda de alimentos congelados. Que alguien le estaba esperando. Que alguien le conocía. Un ruido ensordecedor. Después un silencio. Unos ojos que se abren, unos pasos que se alejan, una vida que se disputa, un aliento que se quiebra.
La víspera, un hombre sombrío y con el atardecer en su frente está sentado frente a un televisor en una habitación de hotel. Ha venido siguiendo a un hombre. Ha venido siguiendo al hombre que tiene que matar. Se aburre. Recuerda que antes siempre permanecía en vilo. No podía dormir nunca la noche antes. Pero ahora no es así.
Se levanta y apaga el televisor. revisa mentalmente su plan. Es sencillo. Mañana volverá a seguir a un hombre. Al mismo hombre que lleva siguiendo durante las últimas semanas. Pero mañana será un día distinto. Mañana le matará. Le seguirá y esperará un lugar propicio. Disparará. Cumplirá la misión que le trajo a esta ciudad desconocida e inhóspita. Pero eso será mañana. Ahora debe tratar de descansar. Entra en el cuarto de baño. Se cepilla concienzudamente los dientes. Como siempre. Como cualquiera de nosotros. Apaga las luces de la habitación y se echa a dormir.

Juan J. Ginés

9 comentarios:

  1. Lo primero, de nuevo enhorabuena mi niño, es un relato estupendo, he ido tomando varios caminos mientras leía, primero he pensado en un infarto, despues un atentado, reconozco que me ha sorprendido ese final, aunque no que el personaje se eche tranquilamente a dormir despues de un determinado ritual, es su trabajo sin más.

    Muy bueno de verdad, en esa dinámica de frases cortas que se precipitan unas con otras, un beso y un abrazo grandote estamos en una semana y dos días en las puertas del fiordo de los sueños

    Anuska

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  2. Lleva razón Ana. Esas frases cortas. Esas vueltas de tuerca. Eres un mago de las palabras. ¡Cómo sabes enlazarlas, encajar su brevedad y mantener al lector intrigado hasta el final! Es una característica del micro, ya comentaste otro día, pero tú la dominas como un verdadero maestro. ¡Enhorabuena y buen fin de semana!

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  3. Eres de esas personas a las que la escritura se les pega a los dedos y no necesitan explicar con frases largas lo que se compendia en un sentimiento.
    Genial.

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  4. Vuelvo a intentar dejar un comentario, ayer no pude.

    Yo creo que así es exactamente como se debe sentir quien recibe un tiro en mitad de la calle, apenas es consciente de nada y sin embargo empieza a recordar aquellas cosas de su vida que le marcaron como en una especie de actividad frenética a nivel mental, chocando de frente con el asesino que es la calma y la rutina, y por contra sí conoce lo que ocurrirá. Dos destinos ajenos entre sí y sin embargo entralazados por el absurdo y la casualidad.

    Muy bueno.

    Besos.

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  5. Gracias Anuski, por tu comentario y tu lectura, He intentado que este relato esconda mas que muestre. Por eso no conocemos ni motivos y finales. Todo eso queda a vuestra interpretación. Las frases breves y directas son el nexo de union de esta serie de relatos. Pero no quiero que sea mi unico registro.

    Un beso

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  6. Gracias azul por tus palabras. Enlazar palabras es algo mas que simplemente unirlas. Me ha gustado mucho tu comentario.

    Un beso

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  7. Gracias luis, Tus comentarios siempre me llegan muy adentro. Me fio mucho de tu criterio.

    Un abrazo amigo
    JJ

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  8. Gracias Paloma, muchas gracia por entrar y comentar. El simple hecho de que me frecuentes es para mi halagador Me gusta la vision que das de dos destinos unidos entre si. Un abrazo fuerte y todo mi cariño sincero

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  9. Pasate por mi blog a recojer un premio.

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