jueves, 17 de junio de 2010

La cueva de los locos (Microrrelato)

         
          Mohammed Al-Havivi cocinaba desde hacía muchos años sus historias en un restaurante de Damasco de su propiedad al que llamó “La cueva de los locos”. Sus bellas hijas atendían a los visitantes con sus voces aterciopeladas y con los mecanismos de sus miradas siempre listos para actuar. Los clientes acudían de todos los rincones de la ciudad para degustar los maravillosos cuentos de Al-Havivi servidos por sus encantadoras hijas. Siete. Nunca salían defraudados. Conocí ese restaurante en uno de mis viajes y en seguida sucumbí a sus placeres a pesar de que jamás me sentaron bien esos adjetivos tan exóticos con que lo aderezaban todo.

Juan J. Ginés

6 comentarios:

  1. El siete siempre fue un número mágico y los adjetivos, buenos velos para una cueva de locos. Siete abrazos azules, sin velo.

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  2. Buenísimo JJ, creo que me voy a pensar poner un restaurante de cuentos, me has arrancado una sonrisa y hoy me hacía mucha falta, gracias.

    Érase una vez hace mucho tiempo, un beso como debían ser los besos... pues eso, uno de cuento (testado y sin aderezos dañinos ;-)).

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  3. Gracias Azul por tus palabras y por los abrazos.

    JJ

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  4. Gracias Paloma por tus visita. Me alegro por la sonrisa que te arranque. Una sonrisa a veces es todo lo que se necesita. Un beso

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