miércoles, 10 de marzo de 2010

Una muerte que no se olvida

¿Cuándo empieza un hombre a convertirse en un fantasma de sí mismo? ¿En qué momento deja de ser persona para desvanecerse hasta resultar intangible? ¿Cuándo nos abandona la magia de estar vivos, de sentirnos vivos y entra en nosotros ese compañero ambiguo que nos conduce a la muerte? El anciano Villar piensa que ese momento quizá no sea más que un preludio o una antesala. El instante preciso en que careces de toda esperanza. El silencio incómodo que se esconde durante la caída. La contemplación del abismo. La irremediable comprensión de la propia vejez o el drama de saberse próximo a la muerte. En esos pensamientos está metido el anciano Villar frente a la ventana de su cuarto. A fuera llueve. Llueve desde hace días. Quizá desde hace meses. Tal vez desde siempre. De repente algo le hace recordar su vergüenza. La que le acompaña desde hace ya muchos años. El recuerdo que le atormenta. La enorme culpa que siempre persigue a quien ha matado a un hombre.

El anciano Villar se levanta y se dirige a la cocina. Mantiene la esperanza de que aún quede algo de café en el tarro. Vanas son sus esperanzas. Hace tiempo que faltan en casa los productos más indispensables. Debería salir. Comprar lo necesario para vivir. Pero hace tiempo que no sale. Hace días que nadie viene a visitarlo. Quizá meses. El tiempo es veloz y homicida. Desde que comenzó a llover no desea salir. No desea pasear por la calle sin Beatriz. Llovía también el día del entierro. Se fue como vivió. En silencio. Clavó sus ojos en los azules del anciano Villar y se despidió con un fino hilo de voz. Al entierro no acudió la otra Beatriz, su hija. Vive en Nueva York donde da clases de español en un instituto de secundaria. Quizá venga esta primavera. Quizá entonces también sea tarde.

El anciano Villar vive solo en el piso que una vez compartieron. Él, Beatriz y Beatriz. Ahora no es más que un piso vacío de si mismo, como él. Recuerda cuando eran jóvenes e inexpertos. Tenían el tiempo necesario. Tenían futuro. Una vida que iban forjando día a día. Beatriz era joven, alta, guapa e inteligente. Beatriz era una niña simpática y feliz. Él era apuesto, sencillo y locuaz, pero soportaba la pesada carga de haber matado a un hombre.

¿Hay algo más duro para un hombre que no querer vivir? ¿Hay algún peso más insoportable que la soledad y la culpa? Cuando la vida nos conduce hacia un callejón sin salida no queda respuesta posible más que la muerte. Si tuviera valor, quizá el suicidio le permitiría acabar con su impaciencia por morir. El anciano Villar no es creyente. No espera encontrarse ni con Beatriz ni con ese hombre que se desangra en ningún otro lugar. Su impaciencia por morir solamente se debe al dolor que le ocasiona su propia vida.

El anciano Villar no ha podido olvidar esa tarde. No ha podido olvidar aquella taberna. No ha podido olvidar a un hombre que se desangra. No ha podido olvidar aquella pelea a cuchillo. No ha podido olvidar aquella muerte. No ha podido olvidar aquel desafío. La afrenta. El no tener otra opción. Una frase. Un grito ahogado. Olor a alcohol, desesperación y rabia. Un hombre borracho, despechado y pendenciero. El honor. Esa maldita palabra que le condenará de por vida. El vientre hinchado de Beatriz. La boda próxima. La felicidad que espera a una familia sencilla. “Tú eres el cabrón que va a cargar para siempre con mi hijo” Las risas de los secuaces. La compasión de quien sabe la verdad. El acero que brilla. La muerte que se acerca. Una frase que retumba. Una carga que pesa. Una muerte que no se olvida.

Juan J. Ginés

3 comentarios:

  1. Querido amigo, que gran relato este de ahora. Que historia tan bien hilvanada y de qué manera magistral la cuentas. Nos haces vivir la angustia del viejo Villar a lo largo de su vida, tal vez un poco caótica, pero de cualquier modo la suya y la de sus “Beatrices” y al final nos pones delante de ese momento del honor que le hace perderse y olvidarse para siempre de sí mismo. Un saludo

    ResponderEliminar
  2. Espléndido Juanjo, es un relato estupendo, una vida paso a paso con ese dolor profundo que ha llevado a lo largo de su vida dando paso a una eterna soledad.

    Enhorabuena me ha gustado mucho, un beso grande
    Anuska

    ResponderEliminar
  3. Impresionante y de un realismo penetrante. He visto al viejo Vilar como un muerto viviente acompañado de su soledad y su culpa. Muy duro.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar