sábado, 13 de marzo de 2010

La vida desdichada de Claudia Hoffman




Nuestro escritor está sentado en su mesa de trabajo habitual. Trata de cerrar un cuento en el que anda metido desde hace algunos días. El cuento formará parte de un libro de relatos que tendrá que terminar antes de un mes. Se ha comprometido a entregarlo en primavera. Hace ya tres meses que su editor, un joven tan educado como tenaz, le hizo una de las preguntas más temidas por todo escritor: ¿Estás escribiendo ahora algo? Él no estaba escribiendo nada, pero en cambio asintió y mintió al decir que estaba terminando una nueva serie de relatos que llevaría el título de uno de ellos: “La casa vacía”.
-Si, me gusta. “La casa vacía y otros relatos”, me gusta. Pero date prisa, dijo entonces el joven editor, lo necesitaré para esta primavera.
-Ningún problema ya prácticamente lo tengo terminado. Antes de que la primavera venza al invierno lo tendrás dijo el escritor sobreinterpretando su repentina vena poética.

Se siente frustrado porque no es capaz de encontrar un buen final para el cuento que está escribiendo. Se le echa el tiempo encima. Calcula que aún debería escribir otros cinco o seis cuentos más para dar consistencia al libro. Entre otros, necesita escribir “La casa vacía”, relato que dará título al libro y del que a estas alturas desconoce casi todo. Decide que quizá sea conveniente hacer un alto. Parar para poder seguir. Relajar los músculos, tomar aire puro, salir del bloqueo y continuar con el relato. Se dirige a la cocina, prepara un café y enciende un cigarro.
Nuestro escritor tiene una forma un tanto clásica de organizar su tiempo. Se levanta temprano, al alba. Sale a correr una media hora todos los días. Piensa que el ejercicio es necesario en una persona que roza ya la cincuentena y  que se pasa el día sentada delante de un ordenador. Apple por supuesto. Cuando regresa, su mujer ya se ha ido a trabajar. Ella trabaja de funcionaria en el ministerio de Asuntos Exteriores. Un puesto cómodo, en un entorno de trabajo amable y con una remuneración razonable. Es entonces cuando toma el primer café del día. Sólo, caliente y amargo. La mañana la pasa escribiendo, con la excepción de los pequeños momentos de relax que utiliza para tomar un poco de oxígeno narrativo que le permita continuar. Sobre las tres regresa Paula. La tarde la ocupa en leer, pasear, acudir a alguna presentación de libros o cumplir con las obligaciones que le marca su editor.
“Ha ocurrido una cosa terrible. El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mi, lo maté…”  
Le fascina la forma que tienen otros escritores de cerrar sus historias. Con qué facilidad convierte lo sencillo en sublime- piensa mientras fuma y bebe café. Imagina a un Jorge Luis Borges desesperado tratando de encontrar un final digno de la historia que está construyendo. Un final que sea una puerta por la que huir. Una puerta por la que escapar de sus propios actos. Una puerta por la que Emma Zunz pueda salir felizmente indemne de su venganza.
Pero justo después piensa en un Borges feliz, confiado y seguro de sí mismo, creando sus historias, con una facilidad que incluso llega a incomodarle. Siempre le incomodaron los genios. Porque él es un escritor que sufre buscando cada palabra que escribe. Sufre componiendo cada frase. Sufre con cada párrafo. Sufre con cada página, con cada capítulo y con cada remate de cada capítulo. Igual  ocurre cuando corre. Cada zancada, cada cuesta arriba, cada respiración. El corazón parece aconsejarle que pare, que abandone antes de empezar a subir esa cuesta que se adivina en el horizonte. Pero él sigue, persevera. Siempre acaba coronando todas las cuestas por duras que parezcan. Se anima a sí mismo.”He subido cuestas mas duras que esta”. En estas circunstancias siempre tiene presente las palabras que le dedicó el poeta Carlos Puyol: “Persevera hijo, persevera”. Nuestro escritor estaba empezando su carrera y el consejo le sonó tan sincero, que muchos años después le dedicó su primera novela: Para Carlos Pujol por sus tres palabras. Correr. Escribir. Sufrir. Piensa también que esa es la vida que les espera a los escritores como él. Escritores sin un talento especial. Escritores profesionales. Escritores sin genio. Escritores al fin.
 “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero era también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”

***

       El relato que esta escribiendo no es la historia de una venganza sino la historia de una vida desdichada. O mejor dicho, sí es la historia de una venganza. Porque siempre hay una venganza en la desdicha. En realidad no es más que la historia de una venganza. Una venganza sutil, premeditada, pensada, medida y ejecutada y que sólo una minoría de lectores, la elite, será capaz de descubrir con una lectura un poco más reflexiva. El resto tan sólo verá la triste historia de una muchacha desdichada que viaja a Londres para arrojarse desde puente de Blakfriars. El narrador conoce toda su historia y la va desgranando poco a poco, aportando documentos tales como poemas, retazos de un diario, e-mails, sms… o conversaciones privadas a través de Facebook o Messenger. Fragmentos de un vida. De este modo se va completando la historia de esa venganza encubierta o de esa vida desgraciada.
       El relato comienza en el aeropuerto de Barajas y está previsto que termine a lo largo de una reunión de amigos en un Pub Londinense de nombre “Churchill's cigarl” donde harán un repaso de la vida de Claudia. No dejará de llover en todo el relato. El titulo es sencillo. “La vida desdichada de Claudia Hoffman.

***

Suena el teléfono. Paula comienza a hablar. Rápido y sin pausas, como siempre. Le cuenta cosas intranscendentes, le hace preguntas insípidas. Le hace perder el tiempo. Le llama todos los días desde su despacho en el ministerio a la misma hora a pesar de que sabe perfectamente que a él le molesta que lo haga. A él le molesta que le interrumpa. Quizá lo hace por eso.
Él piensa que el teléfono y los telegramas deberían reservarse para cosas importantes. Quizá también el correo. El correo ordinario claro.  Las cartas de toda la vida. No esos correos electrónicos tan abundantes en los tiempos que vivimos.
Suena el teléfono y alguien te informa por ejemplo que tu padre ha muerto.  Recibes una carta que te dice por ejemplo que “el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé”. Recoges un telegrama que te informa de que todo lo que sucede en el mundo esta sucediendo ahí mismo. A tu lado.
Pero en cambio Paula le cuenta que el tráfico está horrible y que no deja de llover. Hace dos días que llueve y ya dice que no deja de llover. Si lloviera tenazmente desde hace dos años por lo menos, el escritor podría entender una afirmación así. Dos años es un tiempo lo suficientemente tenaz para que tenga fuerza por ejemplo en uno de sus relatos. Pero dos días no es suficiente para que nadie lo tome en cuenta.
-¿Hace dos días que llueve y me llamas para decírmelo? ¿Crees que no se que está lloviendo? También llueve en mi relato y no es para tanto…

-¡Joder cómo estamos hoy…! que pasa, atascadito estamos ¿no?

Paula puede llegar a ser cruel cuando quiere. Él lo sabe perfectamente. Igual que aquella vez cuando tras una discusión infantil sobre una comida familiar a la que no pensaba acudir, ella  le recordó que quien ganaba dinero en la pareja  era ella y que él se pasaba el tiempo sin hacer nada entre libro y libro; que cada vez vendía menos; que sospechaba que quería convertirse en un escritor de culto, de esos que son aclamados por la crítica pero que malviven de la caridad de sus amigos; que si eso es lo que deseaba... porque él ni buenas críticas, ni buenos anticipos y ni siquiera buenos amigos. Le reprochó también que hubiera abandonado las colaboraciones en prensa, ya que siempre habían significado principal fuente de ingresos como escritor.
-Si quieres ser un escritor de culto a mi me importa un bledo, pero que sean tus feligreses los que paguen tus facturas.
Llegado este punto lo mejor era siempre abandonar. Ceder. Conceder. Renunciar a toda discusión, cambiar el tono y pedir perdón. De lo contrario todo iría a peor. Si, las cosas siempre podían ir a peor y el desde hace algunos años no presenta mucha batalla.
- Está bien cariño perdóname. Lo que me pasa es que estoy dándole vueltas a un relato de Borges. ¿Recuerdas a Emma Zunz?
Ella no solo recuerda ese relato sino que piensa que es junto con “El sur” el mejor relato de Jorge Luis Borges. Puede hablar con sensatez de ese relato y de otros muchos. Paula ha sido una gran lectora de cuentos desde su época de estudiante de filología hispánica. Ha leído cientos de ellos, incluso ha realizado estudios críticos que se publicaron en revistas literarias en los años ochenta.  Pero por encima de todos los relatos cortos que había leído se quedaba con dos. Uno era “Bartleby el escribiente de Herman Melville y el otro “El capote” de Nikolái Gógol.
-Claro que lo recuerdo. Fui yo quien te mostró ese relato. Por aquella época a ti te interesaban más los poetas Ingleses del diecinueve… ¿Ya has olvidado tus excentricidades querido?
- Estaba pensando que Emma bien podría haber tramado su venganza sin necesidad de someterse a ese ultraje, pero es fundamental para que las cosas ocurran como tienen que ocurrir. ¿Qué crees que puede llevar a una persona a tramar una venganza tan atroz?

***

La conversación se puede decir que técnicamente termina en tablas gracias a una pequeña reconciliación.  En los últimos tiempos nuestro escritor no desea enzarzarse en peleas que sabe de antemano que tiene perdidas. Piensa que es absurdo ir a la guerra si sabes que la vas a perder. Absurdo y suicida. Y él no es ninguna de las dos cosas. Continúa escribiendo. La policía ha descubierto el cuerpo sin vida de una joven que se ha arrojado por la noche desde un puente en Londres. Lleva un abrigo rojo y la tristeza en los ojos.
Suena el teléfono. Una voz para él desconocida pregunta por Juan José Ginés. Responde con extrañeza que es él. Una llamada desconocida siempre provoca extrañeza. Unos segundos de incertidumbre y desasosiego. Piensa en la persona que descolgó el teléfono la noche en que Emma Zunz mató al señor Lowenthal, piensa en lo que debió sentir al escuchar la voz de una joven asustada que repetía sin parar esas y otras palabras: “Ha ocurrido una cosa terrible. El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mi, lo maté…”  
Es un responsable de Marketing de la editorial. Llama de parte de Moncho, el editor. Necesita el cuento de “La casa vacía”, y lo necesita ya. Además necesita una foto suya reciente. Nuestro escritor no entiende nada. Quedó con Moncho en que le daría el texto completo del libo antes de Primavera. Exige hablar con él, pero parece ser que está de viaje en una feria internacional de libros tratando de cerrar un contrato con un escritor Gales. La voz desconocida le dice que necesita la foto porque se la ha solicitado el responsable de una librería. “La cueva de los locos”. Nuestro escritor no sólo conoce la librería sino que suele pasar mucho tiempo en ella. Es de largo su librería preferida. Está en el centro de Madrid. Tienen una sección fantástica dedicada a cuentos y relatos.  Allí siempre le trataron muy bien. Conoce al dueño, a los vendedores, y es allí donde suele entrar en contacto con sus lectores. Ha dado conferencias, ha hecho presentaciones y suele ir de vez en cuando a firmar ejemplares de sus libros. Recuerda con especial emoción la presentación que de su único libro de poemas hizo el poeta Luis García Montero. Después de las palabras del poeta, el público arrancó en aplausos y a él casi se le saltan las lágrimas. En su turno de réplica no acertó a decir más que le gustaría que hubiera entre los asistentes un tatuador para grabarse en la piel las palabras de García Montero.
        No entiende el motivo por el que Moncho necesita ese relato y mucho menos por qué quieren una foto suya. La voz le dice que parece ser que le quieren hacer un homenaje o algo parecido y que quiere hacer una especie de opúsculo con ese relato. “Babelia quiere además publicarlo en el próximo número” Le dice también que usaran la foto que él decida en la portada de ese suplemento cultural.
         -No entiendo. ¿Me han dado el premio Nobel y no me he enterado? Si es así pienso rechazarlo, así que no necesitareis ninguna foto. Dile a tu jefe que me llame. No pienso hablar con nadie hasta que me llame Moncho.

***
Nuestro escritor está ahora desorientado. No es capaz de concentrrse en el final del relato que está escribiendo. Claudia Hoffman ha muerto pero él no es capaz de conectar su muerte con la venganza que tenía planeada. La policía está desorientada y él también. Decide entonces dejar el relato en ese punto. Decide también vestirse e ir a la librería a ver qué es lo que pasa. Sale de casa. Llama al ascensor. Entra. Es uno de esos ascensores modernos rodeado de espejos. Su imagen se multiplica casi hasta el infinito. Siempre que entra en ese ascensor recuerda las palabras que Borges atribuye a Bioy Casares en el cuento Tlön, Uqbar,Orbis Tertius. “Copulation and mirrors are abominable”  Bioy hablaba de un heresiarca de Uqbar a quien atribuía esa cita. Parece ser que había dicho que la copula y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres.  Nuestro escritor está multiplicado hasta el infinito en un ascensor que desciende. Si alguien más viajara con el en ese corto trayecto podría contemplar la angustia y la desorientación repetida y repetida.
Por fin accede a la calle. Está lloviendo. Llueve sin parar desde hace dos días. Lo había olvidado y no ha cogido un paraguas con el que protegerse. Se acuerda ahora de Paula que está harta de la lluvia. La lluvia ha comenzado a desfigurar la ciudad. Si sigue lloviendo no quedara nada en poco tiempo. Ni parques ni aceras ni estatuas. Todo devorado por el agua. Quizá sirva para un relato. Quizá escriba un relato sobre un hombre que viaja desorientado en el metro de Madrid. No sabe quién es ni dónde esta. Su cerebro ha olvidado de repente todo lo que sabía y no es capar de recordar ni quién es ni qué hace en el interior de un vagón del metro. No recuerda a dónde se dirige. Sale y en la calle llueve a cántaros. La ciudad se ha desfigurado y no parece una ciudad. Parece un cerebro arruinado por meses y meses de lluvia.
Los taxis no paran en una ciudad que llueve. Pasan a su lado ignorando sus llamadas. Algunos van vacíos. Quizá acudan a recoger a clientes que previamente han solicitado sus servicios por teléfono. No paran. "La calle esta oscura como una noche ambigua". Sus poemas siempre halaban de noches ambiguas, de silencios certeros, de dudas. De lo que veía en la calle, de lo que sucedía en su mundo. Decide que irá caminando. “La cueva de los locos” no está muy lejos. Quince minutos de caminata. Tal vez veinte. Cuando llega a la primera esquina ya está completamente empapado. Su americana de paño pesa ahora mas de la cuenta. Nadie repara en un hombre que camina solo bajo la lluvia sin protección. ¡Qué incómoda es una ciudad como Madrid cuando llueve” La acera está resbaladiza y a punto esta de caer en dos ocasiones.
Cuando llega a “La cueva de los locos” no es más que una sombra de si mismo. No ha reparado en todo el trayecto en ninguno de los quioscos de prensa. Hoy dan malas noticias. Sigue lloviendo cuando entra en la librería. Está vacía. Completamente vacía. Los vendedores se afanan en ordenar los libros que tienen desparramados por el suelo. Le extraña que esté tan vacía. Hoy es el día en el que sale a la venta la última novela de ese escritor americano. Ese monstruo de las ventas. Ese escritor que está dinamitando todos los records de ventas de un libro. Nadie parece reparar en él. Nadie se asombra de un hombre que entra en una librería con una americana de paño, chorreando agua. Decide buscar al dueño de la librería. Decide exigirle explicaciones. Le preguntará por qué quiere una foto suya. Por qué quiere homenajearle. Le preguntará también por qué hay libros de ese escritor americano por todos los rincones. Le reprochará que haya sucumbido a la industria. Le exigirá cuentas sobre las largas conversaciones que mantuvieron. La necesidad de mantener la librería a salvo de las ingerencias de la industria.
Se dirige al sótano por las escaleras que se encuentran en el lateral de la librería. Sabe dónde encontrarle. Siempre esta allí. En su mesa de nogal que compró a un anticuario. Cerca de la sección de poesía. Justo en la sala donde se quedaron atrapadas las palabras y los elogios de Luis García Montero. Estará leyendo. Como siempre. Como siempre desde hace años. Desde que encontró a un buen tipo. Un buen gestor que organiza y dirige su librería. Un mal periodista con ínfulas de escritor que ha llenado todos los rincones con la última novela del peor escritor de mundo.
Pero antes de llegar repara en un estante. Un estante como todos. Ni más grande ni más pequeño. Un estante como todos. Allí se reúne toda su obra. Toda su vida. Un libro de poemas elogiado pero invendido. Nueve novelas y tres libros de cuentos. Faltan sus dos ensayos. Pero no se preocupa. Sus dos libros de ensayos hace tiempo que no están en ninguna librería de país. Un cartel le da las gracias. No entiende el motivo. Quizá le hayan dado el premio Nobel y no se ha enterado. Nadie se ha enterado. Si fuera así algún vendedor le habría parado en la misma puerta. Le había dado la enhorabuena. Los taxistas habrían sido mas condescendientes con un escritor que acaba de ganar el premio Nobel  y que se cala bajo la lluvia de un invierno que no termina. Pero no. No es por haber recibido el premio Nobel por lo que quieren homenajearle. Ni si quiera es tiempo de conceder ese premio. No es por eso por lo que le dan las gracias en esa librería tan inhóspita. No es por eso por lo que Babelia va a abrir con su foto en portada el próximo sábado. El cartel espera una foto que sin duda llegará. Dice Gracias. Hay una fecha. 1964-2010. Gracias.
Decide salir de la librería. Continúa lloviendo, pero ahora la ciudad no es más que una sombra de sí misma. Como él. No puede reconocer dónde esta. No puede reconocer a la gente que camina bajo la lluvia. Tal vez regrese a casa. Paula está a punto de llegar. Quizá ella pueda explicarle por qué no deja de llover. Quizá ella pueda ayudarle a encontrar un final para el cuento que está escribiendo. Mientras tanto, Claudia Hoffman espera en una Morgue de Londres a que un escritor pueda poner fin a su desdichada vida.

Juan J. Ginés

2 comentarios:

  1. Has logrado crear plenamente una atmosfera asfixiante y un poco enloquecedora alrededor del escritor protagonista de esta historia. Vas de un momento a otro, de una cosa a otra con soltura y sin dejar hilos sueltos. Me entretuvo la lectura y me pareció una de las mejores historias que he leído en este lugar tan especial. Un saldo.
    Y gracias por compartir esta joya.

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  2. Bueno puedes imaginar porque me conoces que me ha gustado me ha gustado no mucho muchísimo, ese entretejido de historias, de todos los personajes, todos y cada uno en su sitio y con sus vidas y sus muertes y entre todo ello aparecen dos nombres con apellidos muy queridos y admirados para mí y un refugio de palabras al que adoro.

    Es estupendo estoy muy orgullosa de tí mi niño

    Anuska

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