jueves, 18 de febrero de 2010

La próxima primavera


Ella está sentada en una terraza junto al mar. Los primeros rayos de sol acarician suavemente su cuerpo. Lleva unas gafas de sol que le regaló su hija el verano pasado. La protegen de las miradas curiosas de los transeúntes que a esas horas caminan hacia sus trabajos. Los cristales oscuros impiden descubrir que ha llorado, que prácticamente no ha dejado de llorar desde ayer por la tarde cuando le miró a los ojos por última vez. Hoy volverá a verle y sabe que volverá a llorar. Acaba de tomar el segundo café solo del día. Solo, caliente y amargo. Así le gusta el café. Lee un libro de poemas y fuma mientras espera una hora prudencial para regresar.


Hace mucho que hablo de ti
en sueños.
También despierto.
Recorro los rincones inaccesibles
de mi memoria
buscándote.
Apenas eres sombra en una pared,
inocencia encendida,
luz del alba jamás recuperada.




No le gusta leer poesía cuando está triste pero aún así ha comprado el libro en una librería cercana al hotel. Ayer por la tarde. A su regresó. Entró buscando algo que leer. No conocía al autor, pero el titulo le pareció atractivo: “Embaucador tiempo de los horarios”, Juan José Ginés, nacido en Madrid, 1967; como ella. Ella odia el tiempo de los horarios, la esclavitud de sus planteamientos. Nacieron en la misma ciudad, en el mismo año. Quizá el dos de Noviembre como ella, aunque eso no puede saberlo ya que no lo dice el libro. Quizá en el mismo hospital, en el mismo paritorio y a la misma hora. Quizá lloraron juntos. Quizá la misma comadrona asistió el parto. Por eso decide comprar el libro y leer sus poemas.

***

Levanta la mirada. A lo lejos una pareja joven pasea por la playa. Delante de ellos un perro juega con su pelota. Se turnan para lanzarla. El perro corre tras ella y se la devuelve meneando el rabo feliz. Les envidia. Se pregunta cómo serán sus vidas, como será su felicidad diaria. Se pregunta cómo serán sus despertares, cómo sus caricias. Les envidia con más fuerza. En cualquier caso no volverá a verles jamás. En breve emprenderá un viaje del que muy difícilmente regrese.


Necesito hablar,
necesito contar que esta noche es infinita,
que voy de casa en casa
como un cartero que reparte malas noticias.


Una voz pregunta que si desea tomar algo más. Un movimiento de cabeza contesta que no. El camarero sabe que algo no va bien. Lo sabe desde que la vio sentarse en la terraza mirando el mar. Desde que le pidió con voz grave un café solo y un vaso de agua. A esa hora no hay nadie en el bar. Por eso y por su enorme belleza la ha estado observando. Le duele su tristeza tanto como su belleza. Por eso se ha animado a preguntar. ”¿desea tomar algo más?” pero en realidad está preguntándole si se encuentra bien, si necesita alguien en quien confiar, si necesita desahogarse. En realidad le está diciendo que puede contar con él, que si ella lo desea puede convertirse en su confidente, en su amigo en su aliado. Ella no le mira. No desea mirarle.


***

Sigue leyendo. Le gustaría que el tiempo no pasara. Le gustaría poder seguir leyendo y no tener que acudir a la cita. Le gustaría poder seguir tomando el sol de esta mañana preciosa. Le gustaría poder pasear por la playa con ese camarero que la comprende. Le gustaría poder hacer tantas cosas. Pero ella sabe que la vida impone sus propias reglas y que no siempre se ajusta a sus deseos.


La noche es una palabra ambigua
un silencio ahogado en la penumbra que queda,
una caricia sincera y muda y sorda,
una repetición dolorosa. Una letanía.
La noche es una palabra que no se puede pronunciar.


***

Ella espera. El director la recibirá en unos minutos. Aún tienen que tratar algún asunto menor antes de que ella se marche probablemente para siempre. En breve emprenderá el viaje mas largo de su vida, un viaje que la llevará a ella y a su hija a Buenos Aires. Sus motivos son laborales. Pero eso será dentro de unos días. Ahora tiene que volver a verle. Verle por última vez.
Saca el libro del bolso. Se recrea en el título. Embaucador tiempo de los horarios. El tiempo es siempre embaucador. Te engaña. Juega con los hombres y se ríe de quien le desafía. Piensa que quizá sus padres llegaron a conocerse. Esa posibilidad le hace sonreír. Colegas de paritorio. Quizá estuvieron perdidos, quizá se dieron ánimos, compartieron experiencias o intercambiaron puros. “He tenido una niña”. “Lo mío ha sido un chicazo. Otro más.” “Mi hija será abogada, y ha pesado más de tres kilos.¿verdad que es guapa? ” El mío será escritor.”
Se abre la puerta y entra en el despacho el director del centro. Se mueve profesional y seguro, y saluda cortésmente mientras toma asiento. Habla. Ella no desea hablar. Desea verle por última vez. Despedirse de él. Decirle lo que siempre quiso decirle. Que le quiere. Que no fue abogada sino Ingeniero. Que se marcha lejos. Que su nieta le adora. Que quizá sea la última vez que le vea. Que ha sido un buen padre. Que ha sido un buen confidente, un buen amigo.
El director sigue hablando. Le cuenta que la noche pasada fue agitada para su padre. Estuvo inquieto y no dejo de llorar prácticamente toda la noche. Le cuenta que es normal. Que quizá si que la reconoció y que por eso estuvo inquieto. Que nadie sabe lo que pasa por la cabeza de estos enfermos. Que es una enfermedad atroz por supuesto. Le cuenta que su salud se deteriora poco a poco, pero le recuerda que no es una enfermedad mortal. Trata de facilitarle las cosas. Usted ha de hacer lo que tiene que hacer. Le dice que la residencia es el mejor sitio para él, que esté tranquila, y que cuando ocurra “algo” se pondrá en contacto con ella. Despreocúpese, le dice finalmente, nosotros nos encargamos de todo.


Yo soy el tiempo que se escapó
mientras tú estabas dormida.
Soy una voz y una mirada,
y también un incómodo silencio
esparcido y derrochado sobre tu almohada.

***

Juntos salen del despacho del director. Atraviesan un pasillo largo e impersonal. Llegan a una sala grande. Ella sabe que allí pasará las horas su padre. El tiempo que le queda. Sujeto a horarios que ahora le es imposible calcular. Pasamos la vida esclavos de los horarios. Entran en la sala. Algunos ancianos juegan despreocupados a las cartas. Otros miran la televisión. Su padre estudia la ventana, con la mirada perdida mientras su tiempo se agota lentamente. Ella se sienta a su lado. Durante minutos ni se miran. Silencio. Sólo silencio. Ambos miran por la ventana. El mar se abre ante ellos. Ese mismo mar que dentro de poco les separará. Ella le coge la mano y le susurra cosas cariñosas .Él sigue mirando por la ventana. Gira el cuello despacio. Sus ojos se encuentran. Comienza a sonreír levemente. Él intenta hablar, intenta decirle todo lo que la quiere, intenta pedirle perdón por el tiempo que no compartieron, intenta demostrarle en un segundo que gracias a ella su vida fue plena. Pero en cambio sólo suena una voz débil: “Que guapa es usted señorita. ¿Quiere casarse conmigo la próxima primavera?"

Juan J. Ginés



2 comentarios:

  1. Preciosa historia, que duro es no tener recuerdos, que duro que alguien a quien amas tanto no te reconozca.

    Bonitos poemas

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  2. Esa soledad del no reconocimiento y la falta de recuerdos debe suponer el aislamiento total. Y que duro debe resultar. Un saludo

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